martes, 25 de marzo de 2008

Escrito nº1: la dualidad de la opera y la aplicación extrema de la realidad.


Contraste; blanco y negro sobre una partitura.


A menudo eh escuchado de la opera frases que la determinan como una aletargada forma musical, invariable, monótona y homogénea, es decir, una especie de eternos grises, con un matiz que pasa por el centro de la escala y que casi no mueve nuestro sentido auditivo, y por mucho menos nuestro sentido visual (no olvidemos la teatralidad de la opera), ambos bastante maltratados ya, aún más el oído con los nuevos “estilos musicales” (personalmente creo que los expresiones visuales están en alza desde el impresionismo). Por lo anterior, la música sinfónica, las sonatas, conciertos y la opera son usadas como una herramienta de relajación auditiva, que aplicado en algunas personas mas parece un suplicio autoimpuesto por las normas del buen gusto.
Pero quienes intentan volverse en sus sentidos más que al acto y al ejercicio lógico de seguir el libreto de una forma racional, sino como fuego pasional podrá ver con lucidez lo que pasa frente a nosotros, ya sea en una oscura Aria cargada de dolor y pesadumbre, o en un refulgente coro lleno de alegría y gozo.

“Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte

contemplandocómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando…”
(Jorge Manrique, Coplas por la muerte de su padre)

La dualidad en la opera es un contraste, las pasiones traducidas en virtudes se exaltan hasta convertir a algunos personajes en mártires del amor, la amistad, la fidelidad y el honor, mientras que las que se traducen en defectos son condenadas y aplacadas con la muerte, o lo que es peor dentro del contexto histórico, el deshonor. Mientras la orquesta oscila entre los dulces acordes sacados de violines, flautas y contrabajos contra las retumbantes notas de trompetas y trombones, de todo esto nos llenamos en la opera.
Finalmente quisiera referirme a una opera en la que reconozco una sutil independencia sobre lo dicho, me refiero a la obra de Bellini “La sonnambula”, en la que deambulamos por las notas que prenden suavemente el humilde amor de Amina y Elvino, y la reprobable “lujuria” (ciertamente exagerada dentro de nuestra realidad actual) de Lisa, en que triunfa el primero, luego de revelarse un defecto humano que no puede ser condenado ya que es originado de nuestra ineludible humanidad.